El domingo dejé Toyama y llegué a la última gran ciudad del viaje: Tokio. Más adelante me extenderé en la explosión de estímulos que me dejó media hora (literalmente) en Akihabara esperando a que la habitación del hotel estuviera disponible. La saturación fue terrible pero al menos duró poco: el lunes (hoy, ayer, no sé cuándo mandaré esto; el tiempo es un laberinto) volvimos a dejar atrás la capital para adentrarnos en Nikko, el parque nacional de la región de Kanto con más de mil kilómetros de naturaleza pura, templos budistas y santuarios sintoístas a lo largo de cuatro prefecturas. De hecho, los templos Nikkō Tōshō-gū y Rinnō-ji son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Y es que ambos lugares tienen miga. El parque es el testamento de uno de los personajes más destacados de la historia de Japón: Ieyasu Tokugawa, el primer shogun del Shogunato Tokugawa (es decir, el primero de su legado). Este jefe militar inició un periodo de paz de 300 años tras una larguísima etapa de guerras civiles, y durante su gobierno mandó construir una serie de templos y santuarios más ostentosos que los de la capital en aquel momento, Kioto, en Nikko. El resultado es un lugar mágico; un entramado natural que ha fusionado las raíces del budismo y del sintoísmo en una sola.
En serio, mirad qué conjunto tan especial de creencias. Por un lado, el sintoísmo, una religión que venera a los espíritus de la naturaleza (que se manifiestan físicamente en el entorno). Las tres grandes montañas de la zona son el monte Nantai, el monte Nyoo y el monte Taro. Por otro lado, las tres deidades budistas del templo Rinnoji son Senji Kanon, Amida Nyorai y Bato Kannon. En Nikko, estas montañas se consideran encarnaciones de estos dioses. Y viceversa.

El edificio principal del templo Rinnoji también se conoce como la Sala de los Tres Budas. Como comentaba, los tres budas son Amida Nyorai, Senju Kannon y Bato Kannon:
- La estatua de la derecha es Senju Kannon, la diosa de la misericordia. En cada una de cuyas mil manos sostiene una herramienta para ayudar a la humanidad a alcanzar la iluminación.
- En el centro está Amida Nyorai, el dios de la luz y de la vida infinitas.
- A la izquierda está Bato Kannon, el buda con cabeza de caballo. Curiosamente, aunque el caballo tiene expresión de enfado, se le considera un dios bondadoso (supongo que quiere hacerse el duro y ya; me pasaría).
La sala fue construida por primera vez en 848 d.C. por el monje Ennin (ca. 794-864), un sumo sacerdote de la corriente budista Tendai, introducida en Japón desde China en 806. Hace nada, vamos. Unos miles de años. Hoy en día es una de las escuelas más influyentes y diversificadas del budismo japonés junto al budismo de la tierra pura (que cree en el renacimiento “en el Paraíso Occidental”). El budismo tendai incorpora las enseñanzas de otras escuelas y también se armoniza con el sintoísmo. Creo que dedicaré algo más de tiempo a leer sobre el sintoísmo para escribir por aquí.
Me parece apasionante. En realidad, todas las religiones me lo parecen. Vengo de una familia cristiana practicante. De adolescente iba a misa con mis amigos del pueblo y he acompañado mil veces a mi madre a la iglesia a rezar. Disfruto del silencio y de la solemnidad de los lugares sagrados. Es más: mucha gente no sabe que estuve a punto de hacer la confirmación. Durante la preparatoria tuve que hacer servicios a la comunidad con el grupo de catequesis y escogí ayudar en una residencia de la tercera edad. Me dediqué a leer en voz alta libros, revistas, cartas… que tuvieran los ancianos. Fue una experiencia inolvidable. Tardes y tardes rodeada de historias propias y ajenas.
Mientras disfrutaba de ese voluntariado, tuve una crisis de fe que no pude o no quise superar. Me agobiaba que fuera una religión tan castigadora, cruel (en general, casi todas las religiones de salvación son así) e injusta con las mujeres; eso nunca pude pasarlo por alto. No solo no me representaba sino que tampoco respondía a ninguna de mis preguntas, por lo que abandoné la confirmación y transité otros caminos. Como el de la curiosidad, o el del conocimiento, o el de la aceptación. Andando se entiende la gente.

Por cierto, acabamos visitando Toyama porque se nos había olvidado reservar una noche del itinerario. Sí, exacto: no teníamos nada entre Takayama y Tokio. Como los precios eran desorbitados, elegimos una ciudad bien conectada con el tren bala. ¡Y qué bien estuvo! Fue la primera vez que vimos el famoso hanami. Hileras de cerezos en flor a ambos lados del río. Una explanada enorme. Gente jugando con los perros, tirando frisbis, haciendo picnics… Incluso vimos un partido de béisbol improvisado. Crushazo de tarde.
¡Gracias por leer! 💌


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