Notas sin editar que escribí a lo largo del vuelo Madrid – Tokio de catorce horas:
Despegue. Después de viajar con Cathay el año pasado e ir en asientos mullidos y más amplios, estos de Iberia te dejan el culo como un viaje en bus de Vitoria – Liechtenstein. Qué específico, ¿no? Eso es porque sucedió cuando tenía doce años. El conductor nos puso un disco de música tirolesa. Todavía me acuerdo. Total, ¡vacaciones al fin!
Dos horas y media, aproximadamente. ¡Se me han pasado volando! Nos han servido una cena (en horario local de llegada) bastante ligera: macarrones con tomate, ensalada de cuscús con salsa de yogur, bizcocho y té. Increíble el discurso del comendante del avión. Como no sabía muy bien qué contarnos, ha nombrado una lista de países kilométrica de todos los territorios aéreos que sobrevolaremos, y luego lo ha repetido en inglés casi tal cual. ¿Se acuerda o lo tiene escrito? Cambio y corto.
Tres horas y doce. Qué buena es Bichos (1997). Me he dormido un poco. Preveo un bloque de aburrimiento…
Siete horas. ¿Los ruidos se amplifican en un avión? Lo digo porque hay un chaval que se suena los mocos como quien toca una trompeta y otro que tose como si tuviera los pulmones encharcados. Lo siento por los padres de una bebé que ya está cansadota del avión; ojalá puedan descansar los tres.
Ocho horas y algo. Me da risa que siempre que voy al baño comuniquen turbulencias «potentillas», palabras del capitán, «curiosos cambios de presión atmosférica, qué asunto». Pero tengo suerte: de alguna manera me recuerdan al traqueteo del tren y me dan sueño.
Hora nueve y cuarenta y cinco. Nos han traído un mollete para picar. Menos mal, porque ya estaba pensando en comerme al de la trompeta…
Hora diez. El tiempo pasa, te guste o no. Ya estoy asumiendo que no voy a lograr dormirme, y de hecho no debería, así que me he puesto música a tope para mantenerme despierta.
Hora doce y pico. Malas noticias: me dormí escuchando Prodigy a tope. Pero descansar es otra cosa, claro. ¡Ya queda poco para aterrizar!
Hora trece y cuarenta. Escribo esto a toda prisa. Nos han dado un desayuno igual de ligero que la cena del ¿día? El tiempo empieza a fluctuar dentro de mi cuerpo. Una tortilla francesa, un zumo de naranja y otro bizcocho. A mi derecha, al otro lado del avión, aparece el monte Fuji recortado con la luz del amanecer. Hemos llegado al aeropuerto de Narita. Contra todo pronóstico, el viaje no se me ha hecho largo. ¿Tendré jet lag?
(Spoiler: sí. El peor que haya vivido nunca :D. ¡Pero disfrutando cada día y cada hora!)
💌


Deja un comentario