Tokio me hace sentir extraña. Así fue en 2024 y así ha sido en 2025 e imagino que así será si vuelvo: una mezcla de agotamiento intentando ajustarme a la zona horaria mientras me ataca la sobreestimulación de una ciudad de más de dos millones de habitantes. La ventaja es que al menos es fácil buscar algo con lo que entretenerse hasta la hora de dormir…
… Si duermes, claro. Siguiendo con las comparaciones, el viaje anterior me dio un 0% de jet lag; en este, tres noches a lo pura lechuza sin saber qué hacer para descansar un poco. Pero eh: de vacaciones hasta el insomnio se lleva mejor.
Tokio me hace sentir extraña. Con esas cordilleras de edificios altísimos; el ruido constante dentro y fuera de los comercios; los turistas que, como yo, contribuyen a la congestión de puntos demográficos concretos. ¿Por qué tengo la sensación de que estamos todos en Japón? ¿Vosotros también habéis visto cinco o seis veces a lo largo del año el mismo itinerario en Instagram?
No sé si el jet lag me pone especialmente salty pero sí sé que son ideas que no puedo dejar de rumiar. Por ejemplo: a veces somos muy de dividirnos entre buenos turistas (nosotros) y malos turistas (los demás) pensando que los japoneses notarán la diferencia. O que eres mejor porque te crees un connoisseur de la etiqueta japonesa y resulta que es civismo básico. O incluso te atreves a mirar a los malos turistas por encima del hombro porque sabes algo de japonés. Yo misma tenía unas ganas enormes de estrenarme chapurreando después de unos meses de clases pero resulta que no, que tienes que pelear contra el inglés como quien pelea contra los catalanes (es broma… ¿o no? JEJE ♡). El caso es que hasta la persona más concienciada con el turismo está aportando a tensionar esa saturación.
¿Cómo remediarlo? Ni idea. Escribo sin pensar. Tengo en el punto de mira un libro que trata este tema en profundidad, Manual del Anti-turismo de Rodolphe Christin (editado por Fuera de Ruta), pero más allá, intento seguir un antiguo proverbio universal: allá donde fueres, haz lo que vieres. Este año, Tokio es una breve parada en una hoja de ruta prácticamente en blanco por la región de Tohoku, y ya os adelanto que es mi favorita.
Notas sin editar que escribí a lo largo del vuelo Madrid – Tokio de catorce horas:
Despegue. Después de viajar con Cathay el año pasado e ir en asientos mullidos y más amplios, estos de Iberia te dejan el culo como un viaje en bus de Vitoria – Liechtenstein. Qué específico, ¿no? Eso es porque sucedió cuando tenía doce años. El conductor nos puso un disco de música tirolesa. Todavía me acuerdo. Total, ¡vacaciones al fin!
Dos horas y media, aproximadamente. ¡Se me han pasado volando! Nos han servido una cena (en horario local de llegada) bastante ligera: macarrones con tomate, ensalada de cuscús con salsa de yogur, bizcocho y té. Increíble el discurso del comendante del avión. Como no sabía muy bien qué contarnos, ha nombrado una lista de países kilométrica de todos los territorios aéreos que sobrevolaremos, y luego lo ha repetido en inglés casi tal cual. ¿Se acuerda o lo tiene escrito? Cambio y corto.
Tres horas y doce. Qué buena es Bichos (1997). Me he dormido un poco. Preveo un bloque de aburrimiento…
Siete horas. ¿Los ruidos se amplifican en un avión? Lo digo porque hay un chaval que se suena los mocos como quien toca una trompeta y otro que tose como si tuviera los pulmones encharcados. Lo siento por los padres de una bebé que ya está cansadota del avión; ojalá puedan descansar los tres.
Ocho horas y algo. Me da risa que siempre que voy al baño comuniquen turbulencias «potentillas», palabras del capitán, «curiosos cambios de presión atmosférica, qué asunto». Pero tengo suerte: de alguna manera me recuerdan al traqueteo del tren y me dan sueño.
Hora nueve y cuarenta y cinco. Nos han traído un mollete para picar. Menos mal, porque ya estaba pensando en comerme al de la trompeta…
Hora diez. El tiempo pasa, te guste o no. Ya estoy asumiendo que no voy a lograr dormirme, y de hecho no debería, así que me he puesto música a tope para mantenerme despierta.
Hora doce y pico. Malas noticias: me dormí escuchando Prodigy a tope. Pero descansar es otra cosa, claro. ¡Ya queda poco para aterrizar!
Hora trece y cuarenta. Escribo esto a toda prisa. Nos han dado un desayuno igual de ligero que la cena del ¿día? El tiempo empieza a fluctuar dentro de mi cuerpo. Una tortilla francesa, un zumo de naranja y otro bizcocho. A mi derecha, al otro lado del avión, aparece el monte Fuji recortado con la luz del amanecer. Hemos llegado al aeropuerto de Narita. Contra todo pronóstico, el viaje no se me ha hecho largo. ¿Tendré jet lag?
(Spoiler: sí. El peor que haya vivido nunca :D. ¡Pero disfrutando cada día y cada hora!)
He estado revisando la lista de temas pendientes. Además de un puñado de anécdotas graciosas, he encontrado un concepto que apunté los primeros días del viaje a raíz de una entrevista de 2002 con Hayao Miyazaki. Se trata de un concepto japonés utilizado en la ficción (audiovisual, escrita, escénica) que sirve para recrearse en la sensación del paso del tiempo de forma consciente: “Ma”. El vacío. La pausa. No es una elipsis narrativa para pasar de una escena a otra, sino un momento de reflexión o un espacio a la contemplación. Para explicarlo, Miyazaki dio tres palmadas y dijo:
El tiempo entre mis aplausos es Ma. Si metes acción sin parar, solo conseguirás ruido. El espectador acabará medio dormido incapaz de procesar nada. Pero si le das un respiro, construirás un momnto que adquirirá una dimensión más amplia.
El uso de Ma nos ayuda a reflexionar, imaginar e interpretar lo que está ocurriendo visual y emocionalmente. En lugar de utilizar el diálogo para explicar cómo se siente un personaje, Ma nos permite experimentarlo junto con él.
Miyazaki pone de ejemplo una escena concreta de El viaje de Chihiro. En ella, Chihiro viaja en tren acompañada del Sin Cara, contemplando lo que la rodea. Mientras el tren se mueve, ella permanece inmóvil. Esto permite al espectador ver lo que ella ve (el mundo exterior que se sucede a través del cristal) y sentir lo que ella siente (ser pequeña en un mundo enorme).
Las escenas más potentes del Estudio Ghibli son, precisamente, en las que no pasa nada.
Durante el viaje viví muchos Ma, sobre todo en los viajes de tren. Ahí disfrutaba de imágenes propias de la cotidianeidad (los niños corriendo al colegio, gente haciendo picnics a la orilla del río, ¡una graduación y un partido profesional de béisbol! De mis favoritos), aunque tengo la sensación de que los templos, y en general la arquitectura más tradicional, vertebran su estética con esta palabra. Los jardines zen, con su perfecta sencillez, son una pequeña muestra de ello.
Es posible encontrar Ma en nuestra vida diaria? Absolutamente sí. Pero no voy a romantizar la Renfe, no te preocupes. Ya sé que tenemos suficiente con sobrevivir a un vagón petado en el que no existe el espacio personal. Fuera del recurso estilístico, Ma existe cuando me tomo un café por la mañana en la terraza, escuchando el cacareo de las cigüeñas. O cuando voy andando de un sitio a otro, me quito la música y observo el ir y venir de los demás, me imagino quiénes serán y qué estará sucediendo en sus vidas. O cuando las bandadas de aves surcan el cielo para migrar a lugares más cálidos; esto último me hace especialmente feliz y no tengo ni idea de por qué.
La clave de estos momentos liminales es aburrirse. Así lo creo. Si estoy en la cola del súper y me entretengo con las redes, no puedo aburrirme, no puedo pensar, y por lo tanto, no puedo imaginar. ¿Te imaginas un mundo sin imaginación?
¡Qué bien me supo este café! El local, ubicado en una de las calles más transitadas del barrio viejo de Kioto, tenía un jardín privado y un par de sillas para descansar frente a él. Delicia se queda corto.
El domingo dejé Toyama y llegué a la última gran ciudad del viaje: Tokio. Más adelante me extenderé en la explosión de estímulos que me dejó media hora (literalmente) en Akihabara esperando a que la habitación del hotel estuviera disponible. La saturación fue terrible pero al menos duró poco: el lunes (hoy, ayer, no sé cuándo mandaré esto; el tiempo es un laberinto) volvimos a dejar atrás la capital para adentrarnos en Nikko, el parque nacional de la región de Kanto con más de mil kilómetros de naturaleza pura, templos budistas y santuarios sintoístas a lo largo de cuatro prefecturas. De hecho, los templos Nikkō Tōshō-gū y Rinnō-ji son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Y es que ambos lugares tienen miga. El parque es el testamento de uno de los personajes más destacados de la historia de Japón: Ieyasu Tokugawa, el primer shogun del Shogunato Tokugawa (es decir, el primero de su legado). Este jefe militar inició un periodo de paz de 300 años tras una larguísima etapa de guerras civiles, y durante su gobierno mandó construir una serie de templos y santuarios más ostentosos que los de la capital en aquel momento, Kioto, en Nikko. El resultado es un lugar mágico; un entramado natural que ha fusionado las raíces del budismo y del sintoísmo en una sola.
En serio, mirad qué conjunto tan especial de creencias. Por un lado, el sintoísmo, una religión que venera a los espíritus de la naturaleza (que se manifiestan físicamente en el entorno). Las tres grandes montañas de la zona son el monte Nantai, el monte Nyoo y el monte Taro. Por otro lado, las tres deidades budistas del templo Rinnoji son Senji Kanon, Amida Nyorai y Bato Kannon. En Nikko, estas montañas se consideran encarnaciones de estos dioses. Y viceversa.
Fotografía sacada de aquí, que en el templo estaba prohibido.
El edificio principal del templo Rinnoji también se conoce como la Sala de los Tres Budas. Como comentaba, los tres budas son Amida Nyorai, Senju Kannon y Bato Kannon:
La estatua de la derecha es Senju Kannon, la diosa de la misericordia. En cada una de cuyas mil manos sostiene una herramienta para ayudar a la humanidad a alcanzar la iluminación.
En el centro está Amida Nyorai, el dios de la luz y de la vida infinitas.
A la izquierda está Bato Kannon, el buda con cabeza de caballo. Curiosamente, aunque el caballo tiene expresión de enfado, se le considera un dios bondadoso (supongo que quiere hacerse el duro y ya; me pasaría).
La sala fue construida por primera vez en 848 d.C. por el monje Ennin (ca. 794-864), un sumo sacerdote de la corriente budista Tendai, introducida en Japón desde China en 806. Hace nada, vamos. Unos miles de años. Hoy en día es una de las escuelas más influyentes y diversificadas del budismo japonés junto al budismo de la tierra pura (que cree en el renacimiento “en el Paraíso Occidental”). El budismo tendai incorpora las enseñanzas de otras escuelas y también se armoniza con el sintoísmo. Creo que dedicaré algo más de tiempo a leer sobre el sintoísmo para escribir por aquí.
Me parece apasionante. En realidad, todas las religiones me lo parecen. Vengo de una familia cristiana practicante. De adolescente iba a misa con mis amigos del pueblo y he acompañado mil veces a mi madre a la iglesia a rezar. Disfruto del silencio y de la solemnidad de los lugares sagrados. Es más: mucha gente no sabe que estuve a punto de hacer la confirmación. Durante la preparatoria tuve que hacer servicios a la comunidad con el grupo de catequesis y escogí ayudar en una residencia de la tercera edad. Me dediqué a leer en voz alta libros, revistas, cartas… que tuvieran los ancianos. Fue una experiencia inolvidable. Tardes y tardes rodeada de historias propias y ajenas.
Mientras disfrutaba de ese voluntariado, tuve una crisis de fe que no pude o no quise superar. Me agobiaba que fuera una religión tan castigadora, cruel (en general, casi todas las religiones de salvación son así) e injusta con las mujeres; eso nunca pude pasarlo por alto. No solo no me representaba sino que tampoco respondía a ninguna de mis preguntas, por lo que abandoné la confirmación y transité otros caminos. Como el de la curiosidad, o el del conocimiento, o el de la aceptación. Andando se entiende la gente.
Qué rollo cuando las fotos no hacen justicia…
Por cierto, acabamos visitando Toyama porque se nos había olvidado reservar una noche del itinerario. Sí, exacto: no teníamos nada entre Takayama y Tokio. Como los precios eran desorbitados, elegimos una ciudad bien conectada con el tren bala. ¡Y qué bien estuvo! Fue la primera vez que vimos el famoso hanami. Hileras de cerezos en flor a ambos lados del río. Una explanada enorme. Gente jugando con los perros, tirando frisbis, haciendo picnics… Incluso vimos un partido de béisbol improvisado. Crushazo de tarde.
Al poco de llegar a Japón, encontré una estatua de piedra pequeña con un gorro de lana rojo. Luego otra. Y luego otra más con un babero. Se hicieron familiares a medida que visitaba más y más templos. En Miyajima, la isla pegada a Hiroshima, el templo Daisho-in tiene un jardín entero repleto de ellas. Paseando por la zona más solitaria de Fushimi Inari-Taisha, un monje me dio una explicación somera sobre su existencia: se llaman Jizo y su misión es ahuyentar a los demonios y proteger a los niños, a las mujeres embarazadas y a los viajeros o peregrinos. De ahí que haya tantos por los santuarios y templos, lugares de paso.
Pero… he dicho una mentirijilla: en realidad el monje añadió que las estatuas Jizo eran ofrendas a los bebés fallecidos y no nacidos. Igual te has quedado un poco *uf*, como yo en su momento, pero si lo piensas un poco, no debería angustiarte tanto. Una de cada tres mujeres sufre un aborto en nuestro país. Si en Japón pasa algo similar, lo lógico es que haya un ritual o una deidad protectora alrededor.
Estatuas Jizo en el Templo Daisho-in de Mijayima. Recomiendo muchísimo subir a la cima en teleférico y bajar andando. En ese orden.
La excursión de hoy a Hida no Sato ha terminado desatando mi curiosidad. La Aldea Folclórica de Hida es un museo al aire libre formado por unas 30 casas rurales del periodo Edo (1603-1867) traídas de la Prefectura de Gifu. Hay viviendas (que se pueden visitar por dentro), talleres de oficios artesanos (como la seda o la madera con herramientas de exposición) o áreas de juegos para transportarte a la época. Más que “al aire libre”, me ha parecido un museo viviente porque puedes moverte y tocarlo todo.
La historia es que me he encontrado con seis estatuas Jizo y un cartel explicativo que decía: “Rokujizo. Estas son las Seis Estatuas de Jizo. En el budismo, cada una representa uno de los Seis Caminos de la Transmigración: Infierno, Hambre, Bestias, Carne, Humanos y Cielo”. Como la traducción simultánea tiene sus límites, hice una búsqueda rápida que me llevó a “los seis reinos de existencia de Buda”. Estos representan prisiones mentales que nos hacen sufrir.
La leyenda de Jizo Bosatsu muy, muuuy resumida
Total, que después de cenar he estado investigando sobre Jizo Bosatsu y su papel en la cosmovisión budista (me apetecía usarla y te animo a hacer lo mismo a partir de ahora). Es una deidad muy querida en Japón, China e India por su carácter benevolente. Por un lado, las estatuas Jizo suelen ser ofrendas de padres agradecidos cuyos hijos han superado una enfermedad. Por otro, también es venerado por padres de niños que no tuvieron la misma suerte.
La creencia budista contempla que al morir debemos cruzar el Sanzu o Río de las Tres Cruces para llegar al más allá y nos será más o menos sencillo en función de las buenas acciones que hayamos acumulado en vida. Se puede atravesar por un puente, un vado o aguas repletas de serpientes. Como los bebés fallecidos o los nonatos no han podido acumular buen karma, están atrapados en una especie de limbo e intentan cruzar el Sanzu juntando montones de piedritas para escalar la otra orilla. Por la noche, los demonios les asustan y destruyen su trabajo, condenándoles a repetir el proceso eternamente.
En algunas versiones, Jizo ahuyenta a los malos espíritus para que los niños completen sus hitos de piedras. En otras los esconde dentro de sus mangas y los lleva por sí mismo al cielo. Pero todas coinciden en un punto: Jizo no descansará hasta que vacíe los infiernos.
Rokujizo, las seis estatuas junto a las que encontré la inscripción.
Las familias suelen tejer gorros a las estatuas para que no pasen frío en invierno y baberos para que no se manchen cuando reciban ofrendas de comida. ¡Me parece tan tierno! Imagina tejer una prenda calentita por si un dios tiene frío. Imagina querer hacer algo, por pequeño que sea, para ayudar a alguien con un cometido mayor. Quizá sea una tontería. O, quizá, esas ofrendas le den el coraje necesario para salvar a los niños día tras día.
Cuanto más leo, más ignorante me siento
¿No te pasa? Los seis reinos de Buda me recuerdan un poco a los pecados capitales y a los círculos del infierno de Dante. De pequeña pensaba que todas las religiones venían de una sola, de ahí que compartieran temas identitarios troncales, como la salvación y el castigo o el cielo y el infierno. Esos binarismos también están presentes en el budismo. Pero ojo, el budismo me parece una movida bastante más compleja. No podría resumirlo ni queriendo. Como suelo decir, me faltan lecturas.
Entre 2020 y 2021 leí El libro tibetano de la vida y la muertede Sogyal Rinpoche. Era una época de tormentas emocionales y había fallecido mi abuelo, lo que había traído una ola de tristeza a mi casa. Además de su ausencia, yo cargaba con la mochila de estar lejos y para enterarme tarde, no llegar a tiempo al entierro, pensar mucho… Ese día salí a ver el atardecer. Me acuerdo bien.
Poco tiempo después fui a Vitoria a pasar unas semanas. Mi madre tenía el libro debajo de la mesa del salón. De hecho, se lo compré yo por petición suya (me costó un montón dar con la edición que quería). Lo vi. Sin más, empecé a leer. Todas las noches me sentaba en el salón con mi madre. Ella veía la tele y yo leía a su lado. El libro me esperó pacientemente varios años rodeado del ¡Hola! y Saber vivir.
El libro tibetano de la vida y la muerte es una revisión del tradicional libro tibetano de los muertos, una guía de instrucciones para los moribundos y los muertos que, según el budismo tántrico del Tíbet, permite alcanzar la iluminación durante el periodo inmediato posterior a la muerte, a fin de evitar renacer y volver al samsara. Esta creencia considera que la muerte dura 49 días, y después, te reencarnas.
De alguna manera, leerlo me ayudó a navegar las tempestades. Lo recomiendo sabiendo que no es una lectura fácil de digerir. Se acerca más a un libro de filosofía que a un ensayo.
Por cierto: hoy te escribo recién levantada y puede que cuando me leas esté en Toyama, una ciudad costera al otro lado de las montañas. Ya te contaré por qué. Tiene su historia.
¿Que desde dónde te escribo hoy? Me alegro de que me hagas esa pregunta. Me encuentro en la mejor posada del mundo en Takayama: Oyado Yoshinoya. Es un ryokan u hotel tradicional de diez habitaciones regentado por una entrañable pareja de abuelitos que hacen su vida en el primer piso. Nos han recibido como si fuéramos sus nietos, y con cuatro palabras sueltas en inglés, un puñado de gestos y muchas ganas, nos han explicado todo lo que necesitábamos saber sobre un ryokan. Desde cómo funcionan las luces al protocolo para acceder a los baños termales privados. Yo sabía que tenía cuando reservé el alojamiento, pero pensé que no estaban incluidos en la estancia. Me faltan palabras para describir la descompresión inmediata de los músculos al sumergirse en agua ardiendo. Nos han cedido un par de yukatas o prendas de algodón para movernos por aquí y algunos obsequios de bienvenida más. El té me está sabiendo a gloria. Life is good.
Takayama se parece un montón a todos los pueblos de montaña, estén donde estén.
El puerto que atraviesa las Montañas Hida está envuelto en niebla. La nieve se acumula a los lados de las carreteras y en las laderas, y se deshace a su paso por discretos riachuelos entre los árboles. Es una estampa más propia del invierno que de la primavera, pero hay que tener en cuenta la altura y la ubicación. El frío suele acompañar siempre a las montañas. O debería.
Dos días en Takayama darán para recorrerla varias veces con tranquilidad; es el epicentro de un sinfín de rutas de senderismo. Mañana saldremos a la marcha de una ruta sencillísima, un paseo en realidad: el Higashiyama, un recorrido de 6km que pasa por templos y santuarios. Aprovecharemos para completar la segunda cara del goshuincho, el cuaderno de caligrafía, que es lo que quería enseñarte hoy 😀
Elgoshuin es un sello o caligrafía única de cada templo o santuario. Lo realizan allí mismo a mano con tinta negra y un sello bermellón. Añaden la fecha, el nombre del templo y un motivo de la deidad a la que rinde culto. Al parecer, los goshuin funcionan como una especie de credencial de peregrinación. Cualquiera con un goshuincho, una libreta estilo acordeón, puede llegar libremente al templo a pedir uno a cambio de una donación. Es un recuerdo bonito. Mirad:
Si hay mucha gente, los monjes pueden darte el goshuin en una hoja para que lo pegues en el cuaderno por tu cuenta.
Investigando los alrededores del alojamiento en Osaka, dimos con el templo Namba Yasaka. Pequeño, desierto y plácido. Tanto, que nos animamos a rezar (una reverencia, dos palmadas, una oración-deseo y una última reverencia) y después fuimos a preguntar por el goshuin. Delante de nosotros aguardaba un hombre con su cuaderno abierto. Cuando el monje le explicó que el templo tenía tres distintos (a veces es posible: el estacional, el dedicado a la deidad y el del templo como tal, por ejemplo), el hombre le preguntó cuál era más importante. El monje levantó una ceja y respondió que dependía de su creencia o de su idea. Tras unos segundos, el hombre le pidió los tres y el monje aceptó no sin cierto reparo. No pudo disimular su confusión.
Al rato se marchó y aparecimos nosotros. En muy buen inglés nos preguntó con una mezcla de amable reticencia cómo sabíamos qué era un goshuin. Nos contó que se habían popularizado muchísimo ya no entre japoneses, sino entre viajeros extranjeros, y quería entender por qué la gente los pedía sin ton ni son. Nosotros le contamos dos verdades: que una amiga (¡hola, Tamara!) me había enseñado su goshuincho días antes de venir y que me había encantado la idea, y que en Internet hay 367832631 blogs de viaje donde te detallan absolutamente todo. También le contamos que practicamos kendo desde que éramos dos chavales. “Sois más japoneses que algunos japoneses”, respondió, jovial. Me dio la impresión de que él había empezado la conversación con cierto reparo y acabó de buen humor. Yo qué sé, supongo que nunca sabes cuál es la intención del que está al otro lado, sea turista o nativo. Podría sorprenderte… ¡o no!
Pillada in fraganti escribiendo esta carta. Moño, gafas y desorden: mi esencia goblin japanese edition.
Me pregunto sobre qué escribiré el próximo día. Sea lo que sea, espero que te haya entretenido. A mí me está viniendo genial para estirar la imaginación; es mi músculo favorito.
Escribo esta carta desde Matsumoto, la puerta a las Montañas Hida: una cordillera que bordea las prefecturas de Nagano, Toyama y Gifu.
El plan de hoy era visitar el Castillo Negro, recorrer Nawate o la calle de las ranas y hacer una ruta de senderismo, pero una cortina de lluvia intensa nos ha obligado a terminar el día antes de tiempo. Nos quedamos sin monte 😦
En el futuro me encantaría viajar a Japón solo para transitar los Alpes Japoneses (que, ojo, es el nombre oficial para referirse a la cadena montañosa completa después de que un misionero británico se refiriera así a ellas en sus escritos; nadie se libra de los europeos), para subir el Fuji (aunque seguro que hay otras igual de bonitas y más solitarias), realizar el Kumano Kodo (similar a nuestro Camino de Santiago) o la peregrinación de Dewa Sanzan (tres cimas a las que se les atribuye el nacimiento, la muerte y la resurrección en la doctrina shugendō, una mezcla entre budismo, sintoísmo y taoísmo). Soñar es gratis, ¿no?
El caso es que la lluvia nos ha permitido disfrutar del castillo y de las ranas de Nawate pero no de la ruta, así que aprovecho un ratito en el hotel antes de cenar para extenderme un poquito más sobre las geishas y sobre Gion Kobu, el barrio mítico de Kioto.
También llamado el castillo de los cuervos por el color negro. Aprovecho el pie de foto para comentar que en todos castillos y lugares sagrados habitan cuervos. Esto debe de ser algo…
Cuando viajo, me gusta llevarme al menos un libro sobre el país que visito. En este caso es una relectura: Vida de una geisha de Mineko Iwasaki. En TikTok conté que su autora, considerada una de las mejores geishas de todos los tiempos, escribió su biografía en respuesta a la novela Memorias de una geisha de Arthur Golden por difamación. Diría que es uno de mis libros favoritos. Lo leí por primera vez en 2014, por las tardes, en la biblioteca Yamaguchi de Pamplona. Tengo buenos recuerdos leyendo arrugada en una butaca y en los bancos del parque japonés.
Mineko Iwasaki relata su vida desde que comenzó sus estudios en arte a los cinco años hasta que lo dejó a los veintinueve. Lo cuenta todo: vivencias agradables, anécdotas divertidas, el significado detrás de cada tocado, kimono, baile. Lo recomiendo para comprender en profundidad la intención japonesa. Debe de ser difícil encontrar el equilibrio entre progreso y tradición.
Total, que me apetece compartir varias citas. ¡Espero que te gusten! Esta primera explica de dónde viene la falsa creencia de las geishas como trabajadoras sexuales:
En 1872, un barco peruano llamado María Luz atracó en el puerto de Yokohama. Transportaba a un grupo de esclavos chinos, que consiguieron escapar y pidieron asilo al gobierno Meiji. Este, alegando que Japón no reconocía la esclavitud, los dejó libres y los repatrió a China, lo que suscitó airadas protestas de las autoridades peruanas, que acusaron a Japón de tener su propio sistema de esclavitud encubierto, ya que autorizaba a las mujeres a trabajar en barrios dedicados al placer. El gobierno Meiji, que estaba empeñado en probar a todo el mundo que Japón era un país moderno, se mostraba sensible en extremo ante la opinión internacional. Por lo tanto, y a fin de acallar a los peruanos, promulgó la Ley de Emancipación, que abolía las condiciones de servicio (nenki-boko) que regían el trabajo de muchas mujeres. Pero, en el proceso, los papeles de las oiran (cortesanas) y las geishas (animadoras) comenzaron a vincularse y acabaron por confundirse, un error que sigue vigente.
Ahora ya puedes contar que, en esencia, las geishas eran maestras del entretenimiento y de la conversación. Nunca prostitutas.
A la geiko se la contrata para que entretenga al anfitrión o anfitriona del ozashiki y a sus invitados, ya que su misión es complacer a la gente. En cuanto entra, debe acercarse a la persona que esté sentada en el lugar de honor y entablar conversación con ella. […] Si su rostro refleja que no soporta a ese individuo, no merece ser una geiko, ya que su trabajo consiste en descubrir algo agradable en todo el mundo.
Qué interesante esta última frase, ¿no? ¿Qué pasaría si todos intentásemos hacer lo mismo?
“—¡Mineko ha quedado primera! ¡Muchas gracias!” Se sentía en deuda con todo el mundo, porque, al igual que muchos japoneses, pensaba que se necesita un pueblo entero para educar a una criatura. Yo no era el resultado de un individuo concreto, sino del esfuerzo de una comunidad: Gion Kobu.
Pienso que nuestra educación infantil recae en la familia, ya sea en el núcleo o en parientes cercanos, y no tanto en la de amigos o vecinos de nuestros padres. Al menos si te has criado en ciudad. Quizá sea distinto en un pueblo, donde el sentido de comunidad está más arraigado.
Y con esta cierro la carta. Es maravillosa. Atención:
Me gustaba soñar despierta. Recuerdo que quería saber los nombres de todos los pájaros, las flores, las montañas y los ríos. Pensaba que bastaba con interrogarlos para que ellos mismos me dijeran cómo se llamaban y no deseaba que los demás estropeasen las cosas proporcionándome esa información. Estaba convencida de que si miraba algo durante el tiempo suficiente, ese algo me hablaría. Y, la verdad, todavía sigo creyéndolo.
La habitación desde donde te escribo y mis pintas. Llevo puesto un camisón, obsequio del hotel. Me llega hasta las rodillas. Me habría gustado salir al pasillo a asustar a alguien… pero hay un cartel que lo prohíbe x)
¡Por fin tengo cuerpo para escribir! Han sido días muy ajetreados. Si nos seguimos en Instagram, probablemente hayas visto un porrón de fotos bonitas de los primeros días en Kyoto y en Osaka. El itinerario es el siguiente: Madrid – Osaka (que es la BOP, base de operaciones del primer tercio del viaje), Kyoto – Osaka – Hiroshima y Miyajima – Himeji y Nara – Matsumoto (BOP 2) – Takayama – Tokyo (BOP 3) – Nikko – Kamakura. Es el día 5, estoy de camino a Hiroshima en el Shinkansen y me estoy tomando una botellita de café negro caliente buenísimo, Tully’s Coffee baritas’s black coffee. Será el país del té, pero flipas de lo bueno que está el café también.
Escogimos Osaka como BOP durante la primera semana para no repetir Tokio a la ida y a la vuelta; lo suyo habría sido volar a Osaka directamente, pero compramos primero y planificamos después, asumiendo que haríamos un viaje típico. Fue al abrir el mapa cuando vi que había muchísimos aeropuertos funcionando y bien conectados. Ahora quizá habría volado directamente a Osaka, ahorrando el desplazamiento desde Tokio después de taaaantas horas volando. Salí de Madrid un martes a las 12 y llegué al alojamiento el miércoles a las 21. Fuerte.
Treinta mil pasos al día
Uno de los primeros consejos que te da la gente cuando le cuentas que vas a Japón (y que se aplica a cualquiera, realmente) es que te prepares para andar mucho. Muuucho. Mucho. Es bastante lógico. Cada vez que me lo decían, yo pensaba en las jornadas de monte y, en general, en la vida activa que llevo, y lo dejaba estar. No podía ser más duro que subir el Garmo Negro con hipertiroidismo. Y no lo es, claro; ese es un listón demasiado alto x)
Pero sí te cansas. O, siendo más específica, se te cargan los gemelos y te molestan las plantas de los pies. Sobre todo al principio, que quieres hacerlo todo a todas horas y no te sientas ni para comer. Nada que no recuperes tras ocho horas de sueño, también te digo.
Nara me sorprendió mucho para bien. Hacer un picnic en el parque o recorrer los templos me dio paz. ¡No es el único sitio con ciervos!
¿Se puede ser un buen turista?
Viajando en esta época del año, te tienes que hacer a la idea de que habrá muchísimos turistas. Japoneses y extranjeros como tú y como yo. Esa fue la primera sorpresa: los japoneses también hacen mucho turismo, forman parte del gentío que sube al monte Inari o a Kiyomizudera, aunque por motivos distintos. En Japón confluyen varias religiones, entre ellas el budismo y el sintoísmo, tal y como lo reflejan sus templos.
Una de mis preocupaciones previaje era ser una buena turista. A mí me molesta el turista que altera la ciudad a su paso. El que berrea, hace fotos sin ton ni son, no lo sé. Me inquieta ser esa persona porque creo que hay que viajar para desconectar (de nuestra rutina) pero también para conectar (con otra cultura, por cercana que sea). ¿Qué hice para dejar de sentirme así?
Leer sobre las costumbres japonesas del día a día. Su sociedad está llena de pequeños rituales. Aunque es imposible prestar atención a todos, es fácil que te suenen una vez te has informado.
Aprender vocabulario básico. Hola, buenos días, gracias, la comida estaba muy buena, adiós, ¿dónde está X sitio?, ¿cuánto cuesta esto?, entiendo, no entiendo, necesito ayuda. El mínimo indispensable, y de aquí para arriba.
Prestar atención a la comunicación no verbal. En otra carta os cuento la anécdota del trol (si me acuerdo, jiji).
Reconozco que había leído tanto que estaba bastante tranquila e incluso juzgué un poquito a esos otros viajeros que, a mi juicio, un poco bastante a lo loco. Pero la vida siempre tiene preparadas unas cuantas curas de humildad. Por ejemplo, volviendo tarde a la BOP, nos metimos en un vagón inusualmente vacío en comparación al resto. Volvíamos ya de noche, a una hora prudencial, bastante cansados. Durante el trayecto, Iván me comentó un par de veces que se sentía incómodo. Al parecer, le estaban mirando mucho. Lo atribuí al hecho de que es un hombre occidental y listo. Solo cuando salimos nos dimos cuenta de que habíamos viajado en el vagón de mujeres. Lo primero que pensé fue: ¿por qué narices no lo señalizan mejor?
La realidad es que el vagón está pintado de rosa. Y tiene un “women only” grabado en grande. Nos sentimos bastante mal… un buen rato.
Hoy lunes empiezan las restricciones del barrio de Gion. Una medida que han implantado para proteger la privacidad de los habitantes de este mítico barrio. ¿La razón? La gran cantidad de turistas que fotografiaba geishas y maikos por las calles sin su consentimiento. Hubo hasta denuncias por perseguirlas o tocarles el cabello y los kimonos. Esta ley no es nueva: ya en 2019 intentaron disuadir a los turistas con carteles y multas, pero no han funcionado.
He estado callejeando por Kyoto tres días, incluido por esos callejones estrechos. De hecho, encontramos un restaurante diminuto el primer día donde comimos el mejor udon de la historia. Son preciosos. Enseñaría alguna foto si tuviera. Lo que pasa es que hay carteles que lo prohíben colocados en las farolas, en vallas o en las puertas de algunas okiyas. Es fácil cumplir la norma. A veces no hace falta tener foto de todo. Y vaya: que son propiedades privadas. ¿Sacarías una foto al chalé de un currela?