Categoría: Japón 2024

  • “Ma”, o el arte del silencio de Hayao Miyazaki

    “Ma”, o el arte del silencio de Hayao Miyazaki

    He estado revisando la lista de temas pendientes. Además de un puñado de anécdotas graciosas, he encontrado un concepto que apunté los primeros días del viaje a raíz de una entrevista de 2002 con Hayao Miyazaki. Se trata de un concepto japonés utilizado en la ficción (audiovisual, escrita, escénica) que sirve para recrearse en la sensación del paso del tiempo de forma consciente: “Ma”. El vacío. La pausa. No es una elipsis narrativa para pasar de una escena a otra, sino un momento de reflexión o un espacio a la contemplación. Para explicarlo, Miyazaki dio tres palmadas y dijo:

    El tiempo entre mis aplausos es Ma. Si metes acción sin parar, solo conseguirás ruido. El espectador acabará medio dormido incapaz de procesar nada. Pero si le das un respiro, construirás un momnto que adquirirá una dimensión más amplia.

    El uso de Ma nos ayuda a reflexionar, imaginar e interpretar lo que está ocurriendo visual y emocionalmente. En lugar de utilizar el diálogo para explicar cómo se siente un personaje, Ma nos permite experimentarlo junto con él.

    Miyazaki pone de ejemplo una escena concreta de El viaje de Chihiro. En ella, Chihiro viaja en tren acompañada del Sin Cara, contemplando lo que la rodea. Mientras el tren se mueve, ella permanece inmóvil. Esto permite al espectador ver lo que ella ve (el mundo exterior que se sucede a través del cristal) y sentir lo que ella siente (ser pequeña en un mundo enorme).

    Las escenas más potentes del Estudio Ghibli son, precisamente, en las que no pasa nada.

    Durante el viaje viví muchos Ma, sobre todo en los viajes de tren. Ahí disfrutaba de imágenes propias de la cotidianeidad (los niños corriendo al colegio, gente haciendo picnics a la orilla del río, ¡una graduación y un partido profesional de béisbol! De mis favoritos), aunque tengo la sensación de que los templos, y en general la arquitectura más tradicional, vertebran su estética con esta palabra. Los jardines zen, con su perfecta sencillez, son una pequeña muestra de ello.

    Es posible encontrar Ma en nuestra vida diaria? Absolutamente sí. Pero no voy a romantizar la Renfe, no te preocupes. Ya sé que tenemos suficiente con sobrevivir a un vagón petado en el que no existe el espacio personal. Fuera del recurso estilístico, Ma existe cuando me tomo un café por la mañana en la terraza, escuchando el cacareo de las cigüeñas. O cuando voy andando de un sitio a otro, me quito la música y observo el ir y venir de los demás, me imagino quiénes serán y qué estará sucediendo en sus vidas. O cuando las bandadas de aves surcan el cielo para migrar a lugares más cálidos; esto último me hace especialmente feliz y no tengo ni idea de por qué.

    La clave de estos momentos liminales es aburrirse. Así lo creo. Si estoy en la cola del súper y me entretengo con las redes, no puedo aburrirme, no puedo pensar, y por lo tanto, no puedo imaginar. ¿Te imaginas un mundo sin imaginación?

    ¡Qué bien me supo este café! El local, ubicado en una de las calles más transitadas del barrio viejo de Kioto, tenía un jardín privado y un par de sillas para descansar frente a él. Delicia se queda corto.
  • Donde las montañas son budas

    Donde las montañas son budas

    El domingo dejé Toyama y llegué a la última gran ciudad del viaje: Tokio. Más adelante me extenderé en la explosión de estímulos que me dejó media hora (literalmente) en Akihabara esperando a que la habitación del hotel estuviera disponible. La saturación fue terrible pero al menos duró poco: el lunes (hoy, ayer, no sé cuándo mandaré esto; el tiempo es un laberinto) volvimos a dejar atrás la capital para adentrarnos en Nikko, el parque nacional de la región de Kanto con más de mil kilómetros de naturaleza pura, templos budistas y santuarios sintoístas a lo largo de cuatro prefecturas. De hecho, los templos Nikkō Tōshō-gū y Rinnō-ji son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

    Y es que ambos lugares tienen miga. El parque es el testamento de uno de los personajes más destacados de la historia de Japón: Ieyasu Tokugawa, el primer shogun del Shogunato Tokugawa (es decir, el primero de su legado). Este jefe militar inició un periodo de paz de 300 años tras una larguísima etapa de guerras civiles, y durante su gobierno mandó construir una serie de templos y santuarios más ostentosos que los de la capital en aquel momento, Kioto, en Nikko. El resultado es un lugar mágico; un entramado natural que ha fusionado las raíces del budismo y del sintoísmo en una sola.

    En serio, mirad qué conjunto tan especial de creencias. Por un lado, el sintoísmo, una religión que venera a los espíritus de la naturaleza (que se manifiestan físicamente en el entorno). Las tres grandes montañas de la zona son el monte Nantai, el monte Nyoo y el monte Taro. Por otro lado, las tres deidades budistas del templo Rinnoji son Senji Kanon, Amida Nyorai y Bato Kannon. En Nikko, estas montañas se consideran encarnaciones de estos dioses. Y viceversa.

    Fotografía sacada de aquí, que en el templo estaba prohibido.

    El edificio principal del templo Rinnoji también se conoce como la Sala de los Tres Budas. Como comentaba, los tres budas son Amida Nyorai, Senju Kannon y Bato Kannon:

    • La estatua de la derecha es Senju Kannon, la diosa de la misericordia. En cada una de cuyas mil manos sostiene una herramienta para ayudar a la humanidad a alcanzar la iluminación.
    • En el centro está Amida Nyorai, el dios de la luz y de la vida infinitas.
    • A la izquierda está Bato Kannon, el buda con cabeza de caballo. Curiosamente, aunque el caballo tiene expresión de enfado, se le considera un dios bondadoso (supongo que quiere hacerse el duro y ya; me pasaría).

    La sala fue construida por primera vez en 848 d.C. por el monje Ennin (ca. 794-864), un sumo sacerdote de la corriente budista Tendai, introducida en Japón desde China en 806. Hace nada, vamos. Unos miles de años. Hoy en día es una de las escuelas más influyentes y diversificadas del budismo japonés junto al budismo de la tierra pura (que cree en el renacimiento “en el Paraíso Occidental”). El budismo tendai incorpora las enseñanzas de otras escuelas y también se armoniza con el sintoísmo. Creo que dedicaré algo más de tiempo a leer sobre el sintoísmo para escribir por aquí.

    Me parece apasionante. En realidad, todas las religiones me lo parecen. Vengo de una familia cristiana practicante. De adolescente iba a misa con mis amigos del pueblo y he acompañado mil veces a mi madre a la iglesia a rezar. Disfruto del silencio y de la solemnidad de los lugares sagrados. Es más: mucha gente no sabe que estuve a punto de hacer la confirmación. Durante la preparatoria tuve que hacer servicios a la comunidad con el grupo de catequesis y escogí ayudar en una residencia de la tercera edad. Me dediqué a leer en voz alta libros, revistas, cartas… que tuvieran los ancianos. Fue una experiencia inolvidable. Tardes y tardes rodeada de historias propias y ajenas.

    Mientras disfrutaba de ese voluntariado, tuve una crisis de fe que no pude o no quise superar. Me agobiaba que fuera una religión tan castigadora, cruel (en general, casi todas las religiones de salvación son así) e injusta con las mujeres; eso nunca pude pasarlo por alto. No solo no me representaba sino que tampoco respondía a ninguna de mis preguntas, por lo que abandoné la confirmación y transité otros caminos. Como el de la curiosidad, o el del conocimiento, o el de la aceptación. Andando se entiende la gente.

    Qué rollo cuando las fotos no hacen justicia…

    Por cierto, acabamos visitando Toyama porque se nos había olvidado reservar una noche del itinerario. Sí, exacto: no teníamos nada entre Takayama y Tokio. Como los precios eran desorbitados, elegimos una ciudad bien conectada con el tren bala. ¡Y qué bien estuvo! Fue la primera vez que vimos el famoso hanami. Hileras de cerezos en flor a ambos lados del río. Una explanada enorme. Gente jugando con los perros, tirando frisbis, haciendo picnics… Incluso vimos un partido de béisbol improvisado. Crushazo de tarde.

    ¡Gracias por leer! 💌

  • Un abrigo para los dioses

    Un abrigo para los dioses

    Al poco de llegar a Japón, encontré una estatua de piedra pequeña con un gorro de lana rojo. Luego otra. Y luego otra más con un babero. Se hicieron familiares a medida que visitaba más y más templos. En Miyajima, la isla pegada a Hiroshima, el templo Daisho-in tiene un jardín entero repleto de ellas. Paseando por la zona más solitaria de Fushimi Inari-Taisha, un monje me dio una explicación somera sobre su existencia: se llaman Jizo y su misión es ahuyentar a los demonios y proteger a los niños, a las mujeres embarazadas y a los viajeros o peregrinos. De ahí que haya tantos por los santuarios y templos, lugares de paso.

    Pero… he dicho una mentirijilla: en realidad el monje añadió que las estatuas Jizo eran ofrendas a los bebés fallecidos y no nacidos. Igual te has quedado un poco *uf*, como yo en su momento, pero si lo piensas un poco, no debería angustiarte tanto. Una de cada tres mujeres sufre un aborto en nuestro país. Si en Japón pasa algo similar, lo lógico es que haya un ritual o una deidad protectora alrededor.

    Estatuas Jizo en el Templo Daisho-in de Mijayima. Recomiendo muchísimo subir a la cima en teleférico y bajar andando. En ese orden.

    La excursión de hoy a Hida no Sato ha terminado desatando mi curiosidad. La Aldea Folclórica de Hida es un museo al aire libre formado por unas 30 casas rurales del periodo Edo (1603-1867) traídas de la Prefectura de Gifu. Hay viviendas (que se pueden visitar por dentro), talleres de oficios artesanos (como la seda o la madera con herramientas de exposición) o áreas de juegos para transportarte a la época. Más que “al aire libre”, me ha parecido un museo viviente porque puedes moverte y tocarlo todo.

    La historia es que me he encontrado con seis estatuas Jizo y un cartel explicativo que decía: “Rokujizo. Estas son las Seis Estatuas de Jizo. En el budismo, cada una representa uno de los Seis Caminos de la Transmigración: Infierno, Hambre, Bestias, Carne, Humanos y Cielo”. Como la traducción simultánea tiene sus límites, hice una búsqueda rápida que me llevó a “los seis reinos de existencia de Buda”. Estos representan prisiones mentales que nos hacen sufrir.

    La leyenda de Jizo Bosatsu muy, muuuy resumida

    Total, que después de cenar he estado investigando sobre Jizo Bosatsu y su papel en la cosmovisión budista (me apetecía usarla y te animo a hacer lo mismo a partir de ahora). Es una deidad muy querida en Japón, China e India por su carácter benevolente. Por un lado, las estatuas Jizo suelen ser ofrendas de padres agradecidos cuyos hijos han superado una enfermedad. Por otro, también es venerado por padres de niños que no tuvieron la misma suerte.

    La creencia budista contempla que al morir debemos cruzar el Sanzu o Río de las Tres Cruces para llegar al más allá y nos será más o menos sencillo en función de las buenas acciones que hayamos acumulado en vida. Se puede atravesar por un puente, un vado o aguas repletas de serpientes. Como los bebés fallecidos o los nonatos no han podido acumular buen karma, están atrapados en una especie de limbo e intentan cruzar el Sanzu juntando montones de piedritas para escalar la otra orilla. Por la noche, los demonios les asustan y destruyen su trabajo, condenándoles a repetir el proceso eternamente.

    En algunas versiones, Jizo ahuyenta a los malos espíritus para que los niños completen sus hitos de piedras. En otras los esconde dentro de sus mangas y los lleva por sí mismo al cielo. Pero todas coinciden en un punto: Jizo no descansará hasta que vacíe los infiernos.

    Rokujizo, las seis estatuas junto a las que encontré la inscripción.

    Las familias suelen tejer gorros a las estatuas para que no pasen frío en invierno y baberos para que no se manchen cuando reciban ofrendas de comida. ¡Me parece tan tierno! Imagina tejer una prenda calentita por si un dios tiene frío. Imagina querer hacer algo, por pequeño que sea, para ayudar a alguien con un cometido mayor. Quizá sea una tontería. O, quizá, esas ofrendas le den el coraje necesario para salvar a los niños día tras día.

    Cuanto más leo, más ignorante me siento

    ¿No te pasa? Los seis reinos de Buda me recuerdan un poco a los pecados capitales y a los círculos del infierno de Dante. De pequeña pensaba que todas las religiones venían de una sola, de ahí que compartieran temas identitarios troncales, como la salvación y el castigo o el cielo y el infierno. Esos binarismos también están presentes en el budismo. Pero ojo, el budismo me parece una movida bastante más compleja. No podría resumirlo ni queriendo. Como suelo decir, me faltan lecturas.

    Entre 2020 y 2021 leí El libro tibetano de la vida y la muerte de Sogyal Rinpoche. Era una época de tormentas emocionales y había fallecido mi abuelo, lo que había traído una ola de tristeza a mi casa. Además de su ausencia, yo cargaba con la mochila de estar lejos y para enterarme tarde, no llegar a tiempo al entierro, pensar mucho… Ese día salí a ver el atardecer. Me acuerdo bien.

    Poco tiempo después fui a Vitoria a pasar unas semanas. Mi madre tenía el libro debajo de la mesa del salón. De hecho, se lo compré yo por petición suya (me costó un montón dar con la edición que quería). Lo vi. Sin más, empecé a leer. Todas las noches me sentaba en el salón con mi madre. Ella veía la tele y yo leía a su lado. El libro me esperó pacientemente varios años rodeado del ¡Hola! Saber vivir.

    El libro tibetano de la vida y la muerte es una revisión del tradicional libro tibetano de los muertos, una guía de instrucciones para los moribundos y los muertos que, según el budismo tántrico del Tíbet, permite alcanzar la iluminación durante el periodo inmediato posterior a la muerte, a fin de evitar renacer y volver al samsara. Esta creencia considera que la muerte dura 49 días, y después, te reencarnas.

    De alguna manera, leerlo me ayudó a navegar las tempestades. Lo recomiendo sabiendo que no es una lectura fácil de digerir. Se acerca más a un libro de filosofía que a un ensayo.

    Por cierto: hoy te escribo recién levantada y puede que cuando me leas esté en Toyama, una ciudad costera al otro lado de las montañas. Ya te contaré por qué. Tiene su historia.

    ¡Gracias por leer! 💌