Categoría: Japón 2025

  • Tokio siempre me hace sentir así

    Tokio siempre me hace sentir así

    Tokio me hace sentir extraña. Así fue en 2024 y así ha sido en 2025 e imagino que así será si vuelvo: una mezcla de agotamiento intentando ajustarme a la zona horaria mientras me ataca la sobreestimulación de una ciudad de más de dos millones de habitantes. La ventaja es que al menos es fácil buscar algo con lo que entretenerse hasta la hora de dormir…

    … Si duermes, claro. Siguiendo con las comparaciones, el viaje anterior me dio un 0% de jet lag; en este, tres noches a lo pura lechuza sin saber qué hacer para descansar un poco. Pero eh: de vacaciones hasta el insomnio se lleva mejor.

    Tokio me hace sentir extraña. Con esas cordilleras de edificios altísimos; el ruido constante dentro y fuera de los comercios; los turistas que, como yo, contribuyen a la congestión de puntos demográficos concretos. ¿Por qué tengo la sensación de que estamos todos en Japón? ¿Vosotros también habéis visto cinco o seis veces a lo largo del año el mismo itinerario en Instagram?

    No sé si el jet lag me pone especialmente salty pero sí sé que son ideas que no puedo dejar de rumiar. Por ejemplo: a veces somos muy de dividirnos entre buenos turistas (nosotros) y malos turistas (los demás) pensando que los japoneses notarán la diferencia. O que eres mejor porque te crees un connoisseur de la etiqueta japonesa y resulta que es civismo básico. O incluso te atreves a mirar a los malos turistas por encima del hombro porque sabes algo de japonés. Yo misma tenía unas ganas enormes de estrenarme chapurreando después de unos meses de clases pero resulta que no, que tienes que pelear contra el inglés como quien pelea contra los catalanes (es broma… ¿o no? JEJE ♡). El caso es que hasta la persona más concienciada con el turismo está aportando a tensionar esa saturación.

    ¿Cómo remediarlo? Ni idea. Escribo sin pensar. Tengo en el punto de mira un libro que trata este tema en profundidad, Manual del Anti-turismo de Rodolphe Christin (editado por Fuera de Ruta), pero más allá, intento seguir un antiguo proverbio universal: allá donde fueres, haz lo que vieres. Este año, Tokio es una breve parada en una hoja de ruta prácticamente en blanco por la región de Tohoku, y ya os adelanto que es mi favorita.

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  • Diario del vuelo de ida

    Diario del vuelo de ida

    Notas sin editar que escribí a lo largo del vuelo Madrid – Tokio de catorce horas:

    Despegue. Después de viajar con Cathay el año pasado e ir en asientos mullidos y más amplios, estos de Iberia te dejan el culo como un viaje en bus de Vitoria – Liechtenstein. Qué específico, ¿no? Eso es porque sucedió cuando tenía doce años. El conductor nos puso un disco de música tirolesa. Todavía me acuerdo. Total, ¡vacaciones al fin!

    Dos horas y media, aproximadamente. ¡Se me han pasado volando! Nos han servido una cena (en horario local de llegada) bastante ligera: macarrones con tomate, ensalada de cuscús con salsa de yogur, bizcocho y té. Increíble el discurso del comendante del avión. Como no sabía muy bien qué contarnos, ha nombrado una lista de países kilométrica de todos los territorios aéreos que sobrevolaremos, y luego lo ha repetido en inglés casi tal cual. ¿Se acuerda o lo tiene escrito? Cambio y corto.

    Tres horas y doce. Qué buena es Bichos (1997). Me he dormido un poco. Preveo un bloque de aburrimiento…

    Siete horas. ¿Los ruidos se amplifican en un avión? Lo digo porque hay un chaval que se suena los mocos como quien toca una trompeta y otro que tose como si tuviera los pulmones encharcados. Lo siento por los padres de una bebé que ya está cansadota del avión; ojalá puedan descansar los tres.

    Ocho horas y algo. Me da risa que siempre que voy al baño comuniquen turbulencias «potentillas», palabras del capitán, «curiosos cambios de presión atmosférica, qué asunto». Pero tengo suerte: de alguna manera me recuerdan al traqueteo del tren y me dan sueño.

    Hora nueve y cuarenta y cinco. Nos han traído un mollete para picar. Menos mal, porque ya estaba pensando en comerme al de la trompeta…

    Hora diez. El tiempo pasa, te guste o no. Ya estoy asumiendo que no voy a lograr dormirme, y de hecho no debería, así que me he puesto música a tope para mantenerme despierta.

    Hora doce y pico. Malas noticias: me dormí escuchando Prodigy a tope. Pero descansar es otra cosa, claro. ¡Ya queda poco para aterrizar!

    Hora trece y cuarenta. Escribo esto a toda prisa. Nos han dado un desayuno igual de ligero que la cena del ¿día? El tiempo empieza a fluctuar dentro de mi cuerpo. Una tortilla francesa, un zumo de naranja y otro bizcocho. A mi derecha, al otro lado del avión, aparece el monte Fuji recortado con la luz del amanecer. Hemos llegado al aeropuerto de Narita. Contra todo pronóstico, el viaje no se me ha hecho largo. ¿Tendré jet lag?

    (Spoiler: sí. El peor que haya vivido nunca :D. ¡Pero disfrutando cada día y cada hora!)

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